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Clásicos del Evangelio: "Hay muchos dones" por el élder Marvin J. Ashton

Este mensaje se dio en la Conferencia General Octubre 1987, y salió publicado en texto en la Liahona de Enero de 1988. Por el élder Marvin J. Ashton del Quórum de los Doce.


“Dios vive y nos bendice con dones, y al desarrollarlos y ponerlos al servicio de nuestros semejantes, y al beneficiarnos de los dones de aquellos que nos rodean, podemos hacer que el mundo sea mejor.”

En mi opinión una de las grandes tragedias de la vida ocurre cuando una persona se cataloga a sí misma de carente de talento y dones.

Cuando nos sentimos disgustados o desanimados y caemos en una total depresión debido a que nos vemos tan insignificantes no sólo nos llenamos de tristeza nosotros mismos, sino también Dios. Al determinar que no tenemos dones a juzgar por nuestra estatura, inteligencia, calificaciones en los estudios posesiones materiales, poder,  posición social o apariencia exterior, no sólo estamos siendo injustos, sino también irrazonables.

En Doctrina y Convenios 46 11-12 encontramos esta verdad:

“Porque no a todos se da cada uno de los dones pues hay muchos dones y a todo hombre le es dado un don por el Espíritu de Dios.

A algunos les es dado uno  y a otros otro, para que así todos se beneficien."

Dios nos ha dado a cada uno de nosotros talento para una o varias cosas. Sócrates es el autor de este pensamiento célebre: “Una vida sin examen no es vida” (Apología de Sócrates”, en Diálogos, por Platón. Editorial Porrua, S. A., México D.F., pág. l6)

Está en cada uno de nosotros el descubrir y desarrollar los dones que Dios nos ha dado. Debemos tener presente que todos fuimos creados a la imagen de Dios, que no hay nadie insignificante y que todos somos importantes para Dios y para nuestro prójimo.

En el Libro de Mormón particularmente en Tercer Nefi capítulos del 11 al 26 cuando el Salvador Jesucristo visitó a los habitantes del continente americano, se hace referencia a muchos dones y se les calificó de muy reales y enormemente útiles. Quisiera mencionar algunos de ellos al azar, a modo de ejemplo, los cuales no siempre son evidentes pero sí son muy importantes Tal vez en ellos encontréis algunos de los dones que vosotros tenéis, que aunque no muy evidentes si son valiosos.

El don de preguntar, el don de escuchar, el don de oír y de emplear una voz suave y apacible, el don de poder llorar, el don de evitar la contención, el don de congeniar, el don de evitar repeticiones vanas, el don de obrar en rectitud, el don de no condenar, el don de buscar la guía de Dios, el don de ser un discípulo, el don de interesarse en los demás, el don de meditar, el don de orar, el don de testificar y el don de recibir el Espíritu Santo.

Debemos recordar que a todos los seres humanos se nos da un don por el Espíritu de Dios. Tenemos el privilegio y la responsabilidad de aceptar nuestros dones y beneficiar a otras personas con ellos. Los dones y los poderes de Dios están al alcance de todos nosotros

El tiempo con que cuento sólo me permite recalcar la importancia de algunos de los dones dados por Dios.

  1. El don de meditar

Al estudiar las Escrituras, siempre me impresiona el verbo meditar, tan frecuentemente usado en el Libro de Mormón. El diccionario nos dice que meditar significa pensar con profunda atención, considerar detenidamente, discurrir.

Cuando Jesús vino a los nefitas en el continente americano, dijo:

Por tanto id a vuestras casas y meditad las cosas que os he dicho y pedid al Padre en mi nombre que podáis entender; y preparad vuestro entendimiento para mañana y vendré a vosotros otra vez” (3 Nefi 17:3).

Moroni empleó este término al final de sus escritos:

“He aquí, quisiera exhortaros que cuando leáis estas cosas... recordéis cuan misericordioso ha sido el Señor con los hijos de los hombres... y que lo meditéis en vuestros corazones” (Moroni 10:3).

Al meditar, le damos al Espíritu la oportunidad de inspirar y dirigir. La meditación es un eslabón muy fuerte entre la mente y el corazón y, al leer las Escrituras, se conmueven ambas cosas. Si usamos el don de meditar, comprenderemos cómo podemos incorporar estas verdades eternas a nuestro proceder diario.

En la actualidad, siguiendo el pedido hecho por el presidente Benson, millones de personas leen el Libro de Mormón, algunas de ellas por primera vez, otras por costumbre. A todas ellas les recordamos que se puede extraer mucho más de este gran libro si meditamos sobre lo que leemos.

La meditación expande la mente y es un valioso don para quienes aprenden a usarla. El emplearla debidamente nos ayuda a entender la esencia de lo que leemos, a entenderlo y a aplicarlo más eficazmente.

  1. El don de buscar la guía de Dios

Es común que digamos o escuchemos a otras personas decir en momentos de crisis: ”¡No sé ni por dónde empezar!”

Cuando nos enfrentemos a momentos así, hay un don que está al alcance de todos: el don de buscar la guía de Dios. Se trata de una fuente de fortaleza, consuelo y orientación.

“He aquí, yo soy la ley y la luz. Mirad hacia mí, y perseverad hasta el fin, y viviréis; porque al que perseverare hasta el fin, le daré vida eterna” (3 Nefi 15:9).

“Procura confiar en Dios para que vivas” (Alma 37:47). Esta es la maravillosa promesa hecha tan a menudo en las Escrituras.

El buscar la guía de Dios nos ayuda a ver a sus hijos de una manera diferente. Hay personas que parecen preferir la práctica de buscar y hacer resaltar las fallas más que las virtudes de las personas con quienes se relacionan. Sin embargo, son las virtudes de esas personas y no sus defectos las que nos ayudan a progresar.

Cuan reconfortante resulta el saber que si recurrimos a nuestro Salvador Jesucristo y perseveramos hasta el fin, podremos lograr la vida eterna y la exaltación. Nuestra capacidad de ver y entender crece en proporción a nuestro deseo de buscar. Dios nos resultará más accesible si recurrimos a Él. El buscar su guía nos enseña a servir y a vivir sin compulsión. El ser líder en la lglesia jamas debería disminuir el tiempo que pasamos en buscar la guía de Dios. 

  1. El don de oír y emplear una voz suave y apacible

Las voces que proceden de los cielos penetran el corazón con sus declaraciones delicadas y convincentes.

“Y aconteció que mientras así conversaban, unos con otros, oyeron una voz como si viniera del cielo; y miraron alrededor, porque no entendieron la voz que oyeron; y no era una voz áspera ni una voz fuerte; no obstante, y a pesar de ser una voz suave, penetró hasta lo mas profundo de los que la oyeron, de tal modo que no hubo parte de su cuerpo que no hiciera estremecer; sí. Les penetró hasta el alma misma, e hizo arder sus corazones” (3 Nefi 11:3).

A menudo la esperanza, el aliento y la guía provienen de una voz suave y penetrante. Estas voces las oyen solo aquellos que están dispuestos a escuchar. La comunicación que establecemos con otras personas en un tono suave y apacible puede granjearnos amistades invalorables. Admiro a quienes no tienen necesidad de levantar la voz para exponer su punto de vista o convencer. Parece ser que las personas que discuten y gritan niegan la contribución que podría llegar a dar la voz suave y apacible.

Siempre nos deleita la voz suave de un niño que dice “Mami, papi, los quiero mucho”.

Cuán enorme es el alcance de la voz calma que sabe cómo y cuando decir “gracias”.

Pensad un instante en la voz celestial que dijo: “[José] este es mi Hijo Amado. Escúchalo” (véase José Smith-Historia 17).

Resulta conmovedor y reconfortante escuchar la voz suave que declara: “Estad quietos y sabed que yo soy Dios” (D. y C. 101:16).

Tened siempre presente que uno de los dones más grandes es la voz suave y apacible del Espíritu Santo que nos guía en la vida y hace posible obtener los mayores testimonios.

  1. El don de calmar

Qué maravilloso es el don de poder calmar a otras personas. Damos gracias a Dios por quienes son calmos en vez de contenciosos.

“Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos contra otros” (3 Nefi 11:29).

La contención es un instrumento del adversario, mientras que la paz es un instrumento de nuestro Salvador. ¡Cuán gran homenaje rendimos a aquellos a quienes calificamos de mansos, firmes y calmos!

La contención interrumpe el progreso, mientras que el amor lleva al progreso eterno.

En donde existe la contención, no puede haber esfuerzo conjunto ni sentido concreto de dirección.

Cesad de contender unos con otros: cesad de hablar mal el uno contra el otro (D. y C. 136:23)

Las discusiones y los debates deben substituirse por el análisis calmo, el estudio y el intercambio respetuoso.

El evangelio es un plan de armonía, unidad y acuerdo, y debe presentarse con amor, con una actitud gozosa y con calma.

Deberíamos aprender a hablar los unos con los otros, a escucharnos mutuamente, a orar juntos, a decidir en conjunto y a evitar toda forma de contención. Debemos aprender a refrenar el enojo, pues Satanás sabe que cuando empieza la contención, se trunca el progreso.

Nunca ha habido una época más importante que la actual para que como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días adoptemos una posición, nos mantengamos firmes en nuestras convicciones y procedamos con calma ante cualquier circunstancia. No debemos caer en las redes que nos tienden aquellos que siembran contención sobre los temas de la actualidad.

”He aquí, no es esta mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, el uno contra el otro; antes mi doctrina es esta, que se acaben tales cosas” (3 Nefi 11:30).

Vivid en paz unos con otros (véase Mosíah 2:20). Aquellos que poseen el don de calmar logran paz perdurable.

  1. El don de interesarse en los demás

¡Cuán agradecidos deberíamos estar por las familias, los amigos y las organizaciones que demuestran interés en el prójimo! Los tales contribuyen a una vida más llevadera y significativa. También ellos reciben recompensas en su proceder cristiano al servir con el verdadero espíritu. Todo aquel que sea líder debería estar primordialmente interesado en ofrecer servicio caritativo.

“Y he aquí, os digo estas cosas para que aprendáis sabiduría; para que sepáis que cuando os halláis en el servicio de vuestros semejantes, solo estáis en el servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17).

Nuestro Salvador se interesa por todas sus ovejas. Cuán enorme tributo es ser reconocido como una persona que se interesa por los demás. Permitidme contaros sobre el interés puesto de manifiesto por una persona poco común.

Recientemente, durante una reunión conmemorativa del vigésimo quinto aniversario de un barrio del valle del Lago Salado, se otorgó un premio al mejor líder Scout de la historia de esa unidad. El homenaje, complementado por una cena, atrajo a una considerable cantidad de miembros del barrio de todas las épocas, debido a los buenos sentimientos que siempre habían prevalecido en él.

La persona asignada a ser el maestro de ceremonias presentó a quien haría entrega del premio. Era un joven corpulento y bien parecido. Este caminó hasta el micrófono y dijo: “Y ahora quisiéramos rendir homenaje al mejor líder Scout que este barrio ha tenido jamas”.

Inmediatamente nombres y rostros de personas que habían ocupado tales cargos en el barrio comenzaron a desfilar por la mente de los presentes. ¿Quién sería? El barrio había contado con muchos buenos líderes en el programa Scout. ¿Cómo podrían seleccionar a uno específicamente?

El joven mencionó muchos de los ex lideres Scout y dijo: “No, no es ninguno de esos hermanos, a pesar de que todos ellos han sido excelentes. El premio especial esta noche se entrega a alguien que ha servido en la Primaria y como líder Scout, enseñando a jovencitos durante cuarenta años. Esa persona ha recibido dos de los reconocimientos más altos que se otorgan en el programa, tanto dentro como fuera de la Iglesia”. Y entonces, con una voz llena de emoción, dijo:

“Rendimos homenaje hoy a la hermana Jennie Verl Keefer”. Se produjo un silencio entre los presentes, después se escucharon voces de aprobación y tras ello irrumpieron en aplausos.

Se le pidió a la hermana Keefer que pasara al frente. Todos los ojos estaban centrados en ella mientras caminaba hacia el estrado. Desde el fondo del salón, aquella dama llena de energía, de cabellos plateados por las canas, se desplazó con humildad hacia el frente. De pie no era mucho mas alta que quienes estaban sentados. Una vez frente al micrófono, y sorprendida por el tributo, expresó un suave y al mismo tiempo firme agradecimiento. Entre lágrimas de emoción dijo que su servicio no había llegado a los cuarenta años, sino sólo a treinta y siete y agregó que durante todo ese tiempo nunca había conocido a un niño malo.

Entonces el joven que presentaba el premio pidió a todos los que hubieran sido alumnos de la hermana Keefer que pasaran también al frente. Y ahí se produjo lo más emotivo de todo. Hombres y jovencitos comenzaron a llenar el espacio que había detrás de esa pequeña gran mujer. Hombres corpulentos, hombres de traje, médicos, obispos, presidentes de compañías, esposos, padres con niños en brazos, ex misioneros, obreros, técnicos en computadoras, dentistas, carpinteros y más. Todos esos Scouts habían sido muchachos beneficiados por el servicio y el interés demostrado por esa noble hermana, la mejor líder Scout en la historia del barrio. Había sido dotada con el don de demostrar interés, y detrás de ella estaban de pie algunos de los frutos de sus esfuerzos. Aún las generaciones por venir venerarán su nombre por lo que ella ha hecho. ¡Que maravilloso don el que tienen aquellos que saben cómo demostrar interés!

A todo hombre le es dado un don” (D. y C. 46:11). Así es. Ruego humildemente que Dios nos ayude a reconocer, a desarrollar y a dar de esos dones que Él nos concede, “para que así todos se beneficien” (vs. 17).

Dios vive y nos bendice con dones, y al desarrollarlos y ponerlos al servicio de nuestros semejantes, y al beneficiarnos de los dones de aquellos que nos rodean, podremos hacer que el mundo sea mejor, y así la obra de Dios avanzara a un paso más acelerado. De estas verdades os doy mi testimonio personal en el nombre de Jesucristo. Amén.

Fuente: Liahona Enero 1988, transcripción por Hernán Felipe Toledo

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